HISTORIA Y MISTERIO: LA CONSTRUCCIÓN DE LA PARROQUIA DE SANTA MARIA MAGDALENA
Si visitamos Castuera, paseamos por sus calles y plazas, es inevitable no detenerse y fijar la mirada ante la imponente planta que nos presenta el templo parroquial, dedicado a Santa María Magdalena. El edificio, ejemplo del Barroco tardío con toques neoclásicos, no solo es lugar de culto religioso, sino testigo y protagonista de la historia acontecida en su entorno. Fascinante resulta también su proceso constructivo, desde sus inicios, proyectos, cambios constructivos, problemas económicos e incluso salpicada por una crónica negra que paralizó durante un tiempo su construcción. Anteriormente, la vida y el culto religioso de la Villa giraba en torno a la antigua parroquia, edificación de estilo gótico situado en uno de los puntos más elevados de núcleo poblacional, concretamente en el extremo norte, lo que se denomina El Cerrillo. En este lugar, acompañando a la fisonomía de la vieja parroquia, y como una realidad insólita en aquel tiempo, existían cinco molinos de viento, elegidos en el punto más alto, aún hoy, el lugar conserva en nombre de “Los Molinos”. El abandono progresivo del templo, debido a su mal mantenimiento y conservación, agravado por las terribles consecuencias de unas fuertes tormentas que hizo desplomar la torre, produciendo serios destrozos, dan lugar a dejarla prácticamente inutilizada, quedando un edificio ruinoso. A la incomodidad de su deterioro, su emplazamiento, una increpada localización sobre el empinado cerro, el estado poco sanitario de los sepulcros que la rodeaban, hicieron que lo feligreses optaran por acudir al culto a las ermitas, la de San Juan, Buensuceso, sobretodo a la de San Benito, allí, en sus alrededores se empezaron a realizar los nuevos enterramientos. Ya hacia el año 1740, motivado por la necesidad imperiosa de una nueva parroquia surge la iniciativa de trasladar el viejo templo a otro lugar más idóneo, más en el centro del casco urbano. Las razones eran obvias, su estado y su emplazamiento ya no eran los mas adecuado. A mediados del mes de julio de 1743 se comienza con los tramites legales para el traslado y construcción del nuevo templo, pero no fue hasta el 29 de agosto de 1748 cuando el arquitecto llerenense Francisco Pérez Cano se le paga por la confección del proyecto y la planta del nuevo edificio.Las obras, tras los oportunos tramites, fueron adjudicadas al maestro alarife Francisco Díaz, vecino de Don Benito por el precio de 340.000 reales de vellón . Elegido el lugar se levanto sobre los terrenos ocupados por dos antiguas casonas derruidas que pertenecieron a las familias Don Juan Calderón y Chaves y Andrés Hidalgo de Sotomayor. Los trabajos comenzarían oficialmente en el mes de octubre de 1750, con el acarreo de las piedras de granito a la obra. En 1952 finaliza la cimentación y lo que seria la base de la portada principal, se procedió con la presencia de las autoridades a introducir en los cimientos la cantidad simbólica de 32 reales de Vellón, en 1753, por el mes de octubre se colocaron las columnas que adornan la portada. A partir de entonces, la historia de la construcción da un giro dramático, las obras se paralizan drásticamente, los motivos en principio argumentados serían las pérdidas económicas que arrastraba el maestro alarife en la construcción y reformas en los templos de Villanueva de la Serena y Llerena. En 1954, se le aporta una nueva cantidad hacia septiembre de 1954 para continuar los trabajos, aun así, no se siguió trabajando en ella. Los motivos argumentados sugieren que el maestro Francisco Díaz fue encarcelado por el asesinato de su esposa que finalmente acabó siendo ejecutado por el crimen en la horca. Todos estos acontecimientos provocan que la construcción del templo se detuviera durante casi diez años. No fue hasta el año 1765, con la llegada de Don Joseth Ortega de Orellana, al beneficio del Curado de la villa, se retomó el proyecto. Este sacerdote prácticamente costeó de su propio bolsillo los tramites para reiniciar las obras en el 1767. El paso del tiempo, casi una década y la economía, impusieron notables cambios, hicieron pasar del proyecto monumental con materiales de alta calidad a materiales mas modestos, se continuó utilizando mampuestos en lugar de la cantería, algo que en nuestros días se nota en la diferencia de las texturas de los muros, muros que en la década de los años 70 fueron enfoscados para preservar su mejor conservación. Se redujeron las proporciones del diseño inicial y de las dos torres planeadas en fachada, solo se llegó a construir la del lado derecho de la epístola. Los trabajos principales se extendieron hasta mediados de 1774, momento probable que se inician las primeras compras para la ornamentación del templo. El acabado final nos muestra una joya arquitectónica del siglo XVIII, que a pesar de los contratiempos muestra un resultado magnifico. La iglesia presenta tres naves divididas en cuatro tramos bien diferenciados sobre arcadas de medio punto. En las tres portadas de accesos se nota la tradición dieciochesca, coronadas cada una de ellas con cruz de la Orden de Alcántara, labrada sobre piedra de granito. Destacar la fachada principal, orientada a poniente, flanqueada por dos columnas corintias a las que se accede por una amplia escalinata. En el interior, la nave central con bóveda de cañón, acompañadas de lunetos y con cúpula rebajada en el crucero. Como curiosidad histórica, durante la Guerra Civil, fue taller de reparación de vehículos utilizados en la contienda, eliminaron la escalinata de acceso colocando en su lugar una rampa de acceso. Otras actuaciones debilitando su cimentación que acabaron siendo poco afortunadas, en épocas posteriores tuvieron que ser reforzados por la aparición daños estructurales. Si pasáis por Castuera, fijaos en la fachada principal, parece inconclusa en su remate superior, una huella visible de la accidentada y apasionante historia que la acompañó durante su construcción.









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