BURBUJAS DE ANTAÑO. HISTORIA DE LA GASEOSA EN CASTUERA
Recuerdo de mi infancia, con nostalgia, aquellas botellas de vidrio grueso, con su tapón articulado de cerámica, una arandela de goma y alambre. Hoy en un viaje en el tiempo quiero volver a descubrir un capitulo fascinante de aquellas pequeñas industrias que no solo fueron parte de la economía local, sino que también marcó una huella en las costumbres y en la vida cotidiana de generaciones de castueranos. En Castuera, hasta hace un tiempo no muy lejano, el agua era un lujo en los hogares, y en verano, sobre todo, con el calor, “la chispa” de la gaseosa se hizo indispensable, en cada casa, en cada mesa solía posarse una de esas botellas tan características.
Haciendo un poco de historia, en los comienzos del siglo XX, varios emprendedores locales vieron la oportunidad de crear una bebida refrescante, carbonatada y accesible para todos. Utilizando las aguas locales y una mezcla de ingredientes sencillos pero eficaces, se dio inicio a la fabricación de gaseosas, un producto que rápidamente ganaría popularidad en todo el municipio y más allá de sus fronteras. A igual que en Castuera, prácticamente en cualquier localidad de Extremadura, contaba con su propio “fabricante de bebidas gaseosas”.
Su producción era puramente artesanal, con métodos tradicionales que, aunque rudimentarios, permitían la creación de productos de alta calidad, en pequeños locales, en casa particulares e incluso en farmacias (era considerada bebida de propiedades digestivas), su fórmula era simple, mezclar el agua carbonatada, azúcar y esencias naturales, como la naranja o el limón, conseguían dar su sabor peculiar. De ahí, salieron en nuestro pueblo, marcas comerciales como Amalio, La Castoreña, El Priorato o la Fábrica de Gaseosas Somoza, documentada desde los inicios del siglo XX, esta fábrica estaba emplazada en la calle La Fuente. Fue una de las más longevas y con mayor difusión en la comarca de La Serena, cubriendo la demanda local y de pueblos vecinos durante décadas. Destacar a Antonio Murillo, este último especializado en sifones y en el agua se Seltz, fundamentales en la época para acompañar al vino en las tabernas locales.
En las fábricas, el proceso de envasado era manual o a veces, semiautomático, el gas carbónico se inyectaba directamente en cada botella que después de su consumo, los propios vecinos o taberneros devolvían para su rellenado. Todas estas pequeñas empresas de fabricación y distribución fueron desapareciendo a lo largo de los años, a partir de los sesenta o setenta, el auge de marcas como La Casera, La Revoltosa y otras como Mirinda, Fanta o Coca Cola hicieron caer las fábricas familiares, dejando ya de ser rentables. Hoy, como un patrimonio desvanecido en el tiempo, dejado tras de sí, esas botellas que formaban parte de los hogares, serigrafiadas cada una con su marca, solo quedan como objetos deseados para coleccionista.
Recordemos a este pequeño sector industrial, que, con espíritu emprendedor en aquellos años, con un poco de agua, azúcar y gas, refrescaron a los vecinos en esos calurosos veranos de nuestra tierra. A nuestros antecesores, con el gesto de devolver aquellos envases para su reutilización, ya nos mostraban una incipiente conciencia sobre la sostenibilidad, donde los repartidores se encargaban de recoger las botellas vacías para devolverlas a la fábrica, ya lavados y rellenados eran de nuevo puestos en distribución.








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